No es fácil correr por ayuda cuando cualquier lugar parece el menos indicado para expresar sin temor lo que ocurre dentro de ti. El nacer en una familia cristiana y asistir cada domingo fielmente a una iglesia, no era lo que me iba a salvar de mi tormento en aquel momento.
Desde niña siempre fui muy cariñosa. Mi mamá y yo éramos una misma en cuanto abrazos se refiere. Pero un día, a mis 12 años, algo fuertemente se quebró dentro de mí en mi relación con ella. Al entrar a mi primer año de secundaria, su espacio comenzó a buscar ser llenado por una figura femenina. Mientras que mis compañeras de secundaria solo pensaban en conseguir “un novio” lo más rápido posible, yo me preguntaba porque no buscaba o deseaba lo mismo que ellas.
Al pasar de los años comencé a refugiarme en el cariño de mis amigas a tal grado que empecé a pensar que podía ser lesbiana. No fue mucho después que, al ver el cariño que yo tenía con mis amigas, mis compañeros me gritaban frente a todos: “¡LESBIANA!”, “ERES UN HOMBRE”, “LEVIS”, entre muchos otros insultos parecidos. Yo solo llevaba mi corazón roto a casa y me encerraba en mi cuarto a llorar sin que nadie lo supiera, fingiendo ser la adolescente feliz que no tenía ninguna confusión.
El tiempo pasaba y todo a mi alrededor me indicaba que no había otro refugio u otro sueño mayor en mi vida que el estar con una mujer para el resto de mis días. Secundaria, preparatoria, facultad y algunos años de mi vida laboral… cada noche era una larga noche de infierno en mi cuarto, sobrecogida por el temor de que más que una confusión, se había vuelto una atracción arraigada a mi mente y mi corazón. “¿Cómo es posible que yo pudiera estar pasando por esto?” Desde pequeña me enseñaron los principios y los caminos de Dios, incluso hasta ese momento yo sabía que Dios no creó la atracción hacia al mismo sexo y que tampoco era conforme a Su voluntad. Me preguntaba cada día el por qué de esos deseos y me condenaba por lo mucho que estaba hiriendo y ofendiendo a Dios con mis pensamientos al pensar en otras mujeres.
Me encontré en un ciclo sin fin; caer, pedir perdón a Dios y volver a caer. Me propuse cientos de veces desarraigar esto de mi vida para después, (ahora sí) poder agradar a Dios y seguirle. Sin embargo, mis intentos fallidos solo hicieron que me alejara por completo de Él. Me dije a mí misma: “Nunca voy a poder sacar esto dentro de mí, entonces, como no lo voy a poder hacer, será mejor dejar de prometerle a Cristo para así no fallarle”. Ésta fue mi caída en picada. Comencé a buscar citas con mujeres, internamente me declaré una lesbiana, desarrollé aberración a los hombres en su máximo esplendor, permití un desenfreno de pensamientos eróticos, pornografía lésbica, entre otras muchas cosas. Todo esto, completamente sola.
Por mi mente pasaban pensamientos sobre hablarlo con alguien, pero temía ir al pastor por miedo a ser juzgada y expulsada de la Iglesia. Tampoco podía asimilar decirle a alguien solo para recibir un “todo estará bien” y… ¿Hablarlo con mis papás? ¡Ni loca! Definitivamente esta no era opción. Yo llegaría hasta mi tumba sin decir una palabra de esto, ni a mis padres ni a nadie. Delante de la gente yo era la Judit alegre y risueña que era ejemplo para muchos en la iglesia, en su trabajo y en sus amistades. Si mi secreto era revelado ¿Qué iba a pensar la gente de aquella Judit “ideal” a la que todos admiraban por su lealtad y su devoción a Dios?
Los años pasaron y no fue hasta que cumplí 25 años que de “buenas a primeras” decidí dedicar un año de mi vida a Dios en un instituto bíblico. Parecía que mi atracción había disminuido, por lo que pensé que la tormenta había pasado. Recuerdo que compré material para ayudar a todas las personas que luchaban con la atracción al mismo sexo. Yo me creí “libre y sana” para poder ayudar a otros, porque claro, al iniciar en un instituto bíblico TODO eso se esfumaría. ¿No es así?
Para mi sorpresa, ocurrió todo lo contrario. Las tentaciones de querer estar con otra mujer aumentaron a la décima potencia, sentía como si dentro de mí estuviera incendiándome de mi pecado oculto. Hasta que oí a aquel maestro del instituto decir: “Si alguien aquí está luchando con un pecado oculto y nunca ha dicho nada a nadie por miedo al que dirán, es necesario que corras a un líder espiritual para que puedas confesarlo. No dejes que esa esclavitud siga atormentándote y te prive de todo lo que Dios quiere hacer en ti y a través de ti”. Aquella mañana parecía que esa voz iba únicamente dirigida a mí. Corrí a pedir ayuda pero dentro de poco tiempo la gente se enteró por chismes. Todo empeoró, todos me veían como “bicho raro”, muchos se escandalizaron y yo lo único que quería era morirme. No había más escapatoria. Mi pesadilla se hacía realidad. Sin embargo, Dios siempre estuvo ahí.
Estos eventos me orillaron a buscar ayuda. Fui honesta con mis pastores y ellos me guiaron a decirlo a mis papás. Fue un momento devastador para mi familia… mi mama entró en depresión, mi hogar se tornó en gris y todos entramos a un desierto que parecía eterno. Lo que mis padres jamás esperaron escuchar de su hija, había salido de sus labios aquella tarde de confesión. Todo parecía desmoronarse, aún y cuando ya había recurrido por ayuda.
Sin embargo, en ese tiempo amargo Dios trajo un bálsamo a mi vida y a la de mis papás. Mis pastores no se cansaron de repetirme una y otra vez verdades de las Escrituras. Fue inexplicable lo mucho que Dios iba poco a poco mostrándome mi pecado, su amor y también su verdad. Uno de esos días, tuve un sueño donde Dios me decía “Sé libre”. Nunca había escuchado palabras más penetrantes y estremecedoras que las que escuché en ese sueño.
Ese imperativo de Dios fue el parteaguas de mi vida. Por 25 años fui enseñada sobre los caminos de Dios y lo que le agrada, sin embargo, fueron 25 años en los que viví engañada, atormentada y esclavizada por el pecado. En ese momento, por gracia de Dios supe que mi justo castigo era vivir una eternidad en el infierno. Vino una convicción atemorizante a mi alma de que todo lo que había hecho y hacía merecían la muerte, pero también fue en ese momento donde vi esa hermosa y vieja Cruz cobrando valor. Vi su cuerpo en el madero y su sangre, cada gota cargando con todo mi tormento y sufrimiento.
Fue ese momento en donde cambió todo, mi antes y después de Cristo. Fue ahí donde entendí que era perdonada y limpiada, entendí que Él clavó mi pecado en la cruz para que ya no tuviera que cargarlo yo. Entendí que, gracias a Jesús y su obra, ya no había pecado que me atormentara, condenara ni etiquetara. En ese momento supe que cada cadena que me esclavizaba al pecado iba siendo rota una tras otra, yo era verdaderamente libre.
A partir de ese día, la Palabra empezó a ser avivada en mi mente y corazón, reemplazando las mentiras que por años permití y alimenté. Pude creerle a Dios y decidí hacerlo. Decidí dejar de permitir aquellos pensamientos que me hacían creer que yo era quien no soy, y empecé a creer lo que la Biblia dice que soy. Entendí que ni el mundo, ni mi mente, ni mi corazón son los que dictan quién soy sino solo Aquél quien creó y amó mi alma.
También entendí que mi meta no era el convertirme en heterosexual y casarme, sino que mi meta era Jesús. Tener deseos homosexuales no era mi mayor problema, mi mayor problema era ofender a un Dios Santo y ser su enemiga. Pero Dios en su infinito amor, dio a Jesucristo por mí. Él se convirtió en mi deseo; conocerlo más y vivir para servirle. Para mi sorpresa, experimenté que mientras yo fijaba mis ojos y mi fe en Él, Él iba sanando cada herida de mi corazón y del de mi familia. Yo no debía intentar arreglar mi tendencia y deseos, mi tarea era orar, confiar y enfocarme en mi Jesús. Él llevaría a cabo mi transformación pues ésta es Su obra y no la mía.
Fue un tiempo doloroso, pero ahora doy gracias a Dios por todo lo que permitió en mi vida, ya que Dios lo uso para encontrarme con Él. Todo el sufrimiento valió la pena pues conocí a mi Dios, conocí su poder y su amor para salvar y libertar, aún contra toda esperanza. También agradezco a Dios porque ahora Él usa mi testimonio para Su gloria, sirviendo como consuelo y esperanza al alma atormentada.
Hoy en día estoy casada con un hombre maravilloso. No tengo suficientes palabras de agradecimiento a Dios por tener a mi lado a un hombre que ama a Dios con todo su corazón. Un hombre que amo y que puedo llamar “esposo” alegremente. Aunque ésta no era mi meta, fue un don que a Dios le plació darme. Dios ha hecho maravillas en mi, sin embargo, reconozco que sigo teniendo una naturaleza caída y que, así como todo cristiano, seguiré en guerra contra las tentaciones hasta que esté cara a cara con Cristo, por lo que no bajo la guardia. Cristo me enseña en Su Palabra que debo orar para que no caiga en tentación y es así como debo permanecer.
Si tu has experimentado el dolor de ver tu propio pecado, el arrepentimiento y la fe en Jesús, ten ánimo en saber que Dios te perdona (1 Juan 1:9), que es poderoso para librarte de la tentación (1 Corintios 10:13), poderoso para guardarte hasta el fin (Judas 1:24-25) y poderoso para completar su obra en ti. (Filipenses 1:6).
Si estás pasando por algo parecido y quisieras platicarlo con alguien, pueden enviarnos un correo en el apartado de “Contáctanos”. Dios te bendiga.



By Karen Garza
By Vane Chavarria

By Ankelin Díaz
