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Orando sin máscaras

Les abriré mi corazón, por algún tiempo no disfruté orar. ¡Lo sé! Es horrible la afirmación que acaban de leer. Penosamente de manera paulatina y sutil le perdí el sabor a la disciplina de la oración. No me malentiendan, tuve momentos de oración hermosos en los que salí recargada y animada, pero siendo sincera, me agobiaba más el pensamiento de tener que orar. En esos días no entendía qué había pasado. Sin dudarlo sabía que el problema no estaba en el Señor sino en mí, pero, ¿qué estaba haciendo mal?

Memoricé versículos para repetir en la oración, me esmeré por crear poesía con las Escrituras en mis plegarias. Llegué con el Señor a predicarle su propia Palabra, pensando que tal vez así lo deslumbraría con mis oraciones. Poco a poco mis oraciones cambiaron de ser conversaciones con el Señor, a discursos prefabricados muy lejos de la realidad de mi corazón. Empecé a llegar a la oración con máscaras. Al conocer la voluntad del Señor para mí, empecé a actuarla delante de Él. Me puse la máscara de gratitud cuando mi corazón estaba desesperado, la máscara de gozo cuando necesitaba consuelo, y la máscara de paciencia cuando estaba desesperada. Me puse tantas máscaras que no sé con quién estaba platicando el Señor; con certeza puedo decir que no fue conmigo.

No es de sorprender que dejara de disfrutar la oración, pues, ¿quién disfruta fingir delante de una persona para agradarle? Lo más irónico es que sabemos que Dios no es como nosotros, pero aún así fingimos como si lo fuera. Debemos entender que no podemos engañar con sonrisas falsas al Señor que conoce hasta cuántos cabellos hay en nuestras cabezas. No podemos engañar al Dios omnisciente con nuestras caretas pues Él conoce el corazón.

“Quizás no haya descuidado la oración, pero ¡ay, si las paredes de su cuarto hablaran! Puede que dijeran ‘¡Te hemos oído cuando tenías tanta prisa que apenas pasabas dos minutos con tu Señor! Te oímos entrar y dedicar diez minutos, pero sin pedir nada o, al menos, no con el corazón. Movías los labios, pero tu corazón guardaba silencio. Te oímos gemir con el alma, pero alejarte con desconfianza, sin creer que tu oración había sido oída, citar la promesa, pero sin creer que Dios la iba a cumplir.” – Charles Spurgeon. 

¿Cuál fue la solución a esa sequía? La oración sincera. Suena muy lógico, pero, ¿lo hacemos? Pensamos que al Señor solo se le puede dirigir con reverencia, y claro que tenemos que ser reverentes, pero la reverencia no es excusa para ser deshonestos. El Señor quiere escucharnos, sin filtros y sin máscaras. Él quiere escucharte a ti.

Ahora entiendo que las oraciones que más disfruto son en las que, tirando todas mis máscaras por la borda, me presento sincera y genuinamente enseñándole a Dios lo que ya sabe de mí, aún lo más horrible que hay dentro de mi corazón. 

Quizá fingir en nuestra oración sólo sea un síntoma de un problema mayor. Tal vez pensamos que ciertas situaciones o pecados no pueden ser presentados al Señor en oración porque son terribles e indignas de Él, pero si meditamos en la santidad de nuestro Dios, la realidad es que lo único que nos capacita para presentar nuestra oración delante de Él es la sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Podríamos pensar que somos piadosas al no pedirle ayuda a Dios para ciertas cosas, pero en realidad esto evidencia nuestra autosuficiencia y orgullo, a demás que hacer esto terminará agravando nuestro problema.

Te pondré un ejemplo, si tuvieras una amiga muy enferma que sabes que necesita ir al doctor, ¿no la llevarías de inmediato? Y qué si, sabiendo que necesita ayuda médica, tu amiga te dijera que ella está esperando curarse por si misma ¿no le dirías que deje de ser necia? Muchas veces tomamos la misma posición con el Señor. Podemos ser orgullosas y rechazar su ayuda en el nombre de “piedad” sólo para que, cuando por fin lleguemos a la sala del hospital, estemos más graves que cuando presentamos los primeros síntomas. 

Si tú has puesto tu esperanza y fe en Jesucristo, Dios es tu Padre que te recibe en el trono de la gracia. Te recibe con ternura y con agrado. No por que te lo mereces ni porque te lo ganaste, sino porque te ve a través de su Hijo perfecto, Jesucristo. ¿Quiénes somos nosotros para menospreciar el acceso que el Cordero ganó con su sangre? ¡No hay pecado tan grande que la gracia no cubra! ¡Qué consuelo saber que cuando Jesús murió por nosotros, no sólo lo hizo por los pecados que cometimos antes de conocerlo, sino por todos los pecados que cometeríamos a lo largo de nuestra vida! No hay pecado demasiado escandaloso para el Señor, lo escandaloso es su perdón.

“Pero si alguno ama a Dios, ese es conocido por Él” (1 Corintios 8:3)

El Señor ya conoce todo de nosotras. Al orar con sinceridad, nos daremos cuenta que al mostrar las cajas empolvadas que hemos acumulado y los pensamientos detestables que nunca salieron de nuestra boca, no nos recibirá un Señor lejano, sorprendido y enojado, sino nos recibirá un Padre tierno y deseoso por ayudarnos con cariño. 

Acércate al Padre con la confianza de que has sido redimida por el Hijo. Acércate sincera, sabiendo que todo lo que eres, aún lo desagradable, es conocido por el Señor, perdonado, y a demás, siendo transformado a la imagen de Cristo. Si te sientes demasiado condenada para acercarte el día de hoy, recuerda que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. En Él eres una nueva criatura. Tu pecado ya no te define, ahora la cruz de Cristo lo hace.

Sé honesta, al hacerlo saldrás alabando al Señor como la mujer samaritana que le dijo a todos “¡Él me dijo todo lo que yo he hecho!” Ese es el mismo gozo que tenemos tú y yo, el gozo de que a pesar de que Dios conoce todo lo que hemos hecho y todas las áreas de nuestra vida que aún no llegan a la estatura de Jesús, por Su gracia, nos llama ante Su trono y nos da un lugar en Su mesa. 

Llévate esto de este artículo: recuerda que en Cristo eres conocida, amada y aceptada, y que el Señor que todo lo conoce, anhela hablar verdaderamente contigo. 

“¿Acaso su incredulidad le ha hecho olvidar que también usted es muy amado? Como creyente en Jesucristo, no será presuntuoso si se atribuye a sí mismo el título de ‘muy amado.’ ¿No ha sido infinitamente amado para haber sido adquirido con la preciosa sangre de Cristo, como la de un cordero sin defecto y sin mancha? Puesto que Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por usted, ¿no habrá sido inmensamente amado? Usted fue llamado por gracia, conducido al Salvador, hecho hijo de Dios y heredero del cielo. ¿No demuestra esto acaso su amor grande y superabundante? Ya la senda de su vida haya sido escabrosa, atestada de problemas, ya lisa, repleta de bondades, no me cabe la menor duda que usted es muy amado.” – Charles Spurgeon.

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