Skip to content

El amor en los últimos días

Todos, en el fondo, soñamos con una historia de amor como las de película. De esas que son intensas, únicas, recíprocas y que duran para siempre. También anhelamos amistades verdaderas, de esas que resisten el paso del tiempo y sobreviven las diferentes etapas de la vida. Pero no hace falta vivir demasiadas cosas para darnos cuenta de que las relaciones no siempre son fáciles. A veces duelen, decepcionan, y no salen como esperábamos.

Entonces uno se pregunta: ¿por qué es tan complicado simplemente amarnos bien? ¿Será que pedir un amor verdadero y duradero es soñar demasiado alto?

La exaltación del amor propio y la pérdida del afecto fraternal

Hace unos meses, me encontré con una entrevista de uno de los cantantes hispanos de música romántica más famosos de los años 2000. Sus canciones conquistaron millones de corazones hablando del amor apasionado, entregado y total.

En la entrevista, le preguntaron sobre uno de sus mayores éxitos. Para sorpresa de muchos, él respondió que, aunque agradece haber escrito esa canción en su momento, hoy en día jamás volvería a escribirla.

Cuando le preguntaron por qué, explicó —parafraseando— que ahora entiende que no debería hacer de otra persona su mundo, sino que él mismo debe ser su propio mundo. Que el amor, en su nueva forma de verlo, no debería implicar necesitar al otro. ¡Me sorprende cuánto ha cambiado su forma de pensar sobre el amor en poco más de 20 años! Aunque no entraré en detalles sobre si su letra romántica original está o no alineada con el amor bíblico, lo que sí es evidente es que quien escribió esa canción estaba dispuesto a luchar, incluso a humillarse, por la persona que amaba. Y ahora, simplemente se ama demasiado a sí mismo como para amar así a alguien más.

También, hace un tiempo, se viralizó la noticia de un joven que murió atacado por tiburones al intentar salvar a su mejor amiga. Me impactó profundamente ver que, en lugar de ser reconocido como un héroe, muchos lo tuvieron por tonto. Lo que en otro tiempo se habría considerado un acto de amor sacrificial y admirable, hoy fue criticado duramente por haber “perdido su vida por alguien más”. Ese tipo de amor —el que se entrega, el que arriesga, el que pone al otro por encima de sí mismo— ya no encaja en la lógica de esta generación. En una cultura que exalta el amor propio por encima de todo, el amor que se da hasta el final parece una locura.

Ahora se aplaude cuando alguien se tiene en primer lugar y se tiene como iluso al que se sacrifica por los demás. Vivimos en una era marcada por el aislamiento emocional, la indiferencia y una creciente incapacidad para conectar con el otro en compasión genuina. Lo que la Biblia llama “afecto fraternal” (Romanos 12:10) se ha debilitado en muchas relaciones, incluso dentro del mismo cuerpo de Cristo. Donde debería haber unión, hay distancia. Donde debería haber comprensión, hay juicio. En vez de vínculos profundos, abundan conexiones superficiales. 

Esto no es sorpresa. Jesús nos advirtió que en los tiempos finales, el amor se enfriaría (Mateo 24:12). Esta declaración forma parte de una enseñanza más amplia sobre los últimos días, y específicamente señala que el amor de muchos hacia Dios comenzaría a apagarse.

Esta declaración es inquietante porque revela una realidad espiritual profunda: el aumento del pecado y la maldad no solo afecta nuestras acciones, sino también nuestros afectos. Y si el amor por el Señor se enfría, ¿cómo no se va a enfriar también el amor entre nosotros? Si nos alejamos de la Fuente del amor, es inevitable que nuestras relaciones también sufran.

La Palabra también nos advierte sobre el carácter de los hombres en los últimos dias: 

También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita. 2 Timoteo 3:3-5

Es indudable que esta es la realidad en la que vivimos. No hace falta hacer un análisis tan profundo para darnos cuenta de que, por lo menos, estamos viendo el inicio del cumplimiento de esa profecía.

El amor propio se ha convertido en el ídolo del yo. Esta exaltación del ego no solo desplaza a Dios del centro, sino que también incapacita al ser humano para amar sinceramente a los demás.

Hemos alimentado la idea de que “debemos amarnos primero para poder amar a otros”. Pero sin el marco del amor de Dios, esa idea nos lleva directo a un amor narcisista, que se protege a sí mismo, que es egoísta y, en muchos casos, incluso manipulador.

El amor centrado en el yo no construye relaciones sanas; las destruye. No es un amor que se entrega, sino que exige. No es uno que sirve, sino que espera ser servido.

Cristo y Su amor sacrificial: el modelo perfecto

Frente al enfriamiento del amor y la idolatría del yo, Cristo se presenta como la expresión más alta del amor verdadero. Su vida y su muerte revelan lo que realmente es el amor bíblico: un amor sacrificial, incondicional y activo.

“Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos.” (Juan 15:13).

Es interesante pensar qué pasaría si Jesús hubiera venido a morir y resucitar en nuestros días. Sin duda, la reacción del mundo no sería tan distinta a la de hace dos mil años, porque el corazón humano sigue siendo egoísta y endurecido. Pero quizá, con el aumento del pecado y la frialdad que caracteriza esta generación, su entrega habría sido vista con aún más escándalo y burla.

¿Te imaginas? Morir no por amigos leales, sino por enemigos. Perdonar a los que te crucifican. Amar hasta la muerte a quienes te desprecian. En una cultura donde muchos creen que amar así es de tontos, Jesús sería visto como el mayor iluso de todos. Jesús no amó desde la comodidad ni por conveniencia. Amó desde la entrega. Amó a los que lo rechazaban, a los que lo traicionaron, a los que no tenían nada que ofrecerle a cambio. Su amor no tenía condiciones ni límites. 

Esta clase de amor nos parece tan radical y ridícula, hasta que somos amados así. La realidad es que nadie quiere amar de esa manera, pero todos deseamos ser receptores de este tipo de amor.

Cuando nos encontramos con el amor incomparable e incomprensible de Dios hacia nosotros, somos transformados de adentro hacia afuera. Ese amor sin igual nos cambia la vida para siempre.

Y lo más impactante es que el amor de Cristo no solo se recibe y se nos muestra como ejemplo, sino que se nos ofrece como poder. No se nos llama a imitar a Jesús solo con esfuerzo humano, sino a dejarnos llenar por su amor, para que, desde esa plenitud, podamos amar como Él.

El amor horizontal solo puede ser capacitado por el amor de Dios en Cristo

Es imposible amar correctamente a los demás si no hemos sido primero transformados por el amor de Dios. “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:19). No se trata simplemente de una inspiración emocional, sino de una transformación del corazón.

El amor horizontal —el amor hacia el prójimo, hacia el hermano, hacia el enemigo incluso— no nace de la buena voluntad humana. Nace de haber sido amado sobrenaturalmente por Dios. Cuando ese amor nos llena, cambia la forma en que vemos a los demás. Dejamos de exigir, de medir, de comparar. Comenzamos a servir, a perdonar, a caminar con el otro.

El Espíritu Santo derrama ese amor en nuestros corazones (Romanos 5:5), y desde ahí somos capacitados para amar de verdad: no por obligación, sino porque ahora podemos hacerlo.

“En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Juan 3:16).

Para dar esa clase de amor, primero debemos conocer el amor de Dios de primera mano, a través de una relación redentora con Él. Solo cuando somos amados así por nuestro Salvador, podemos comenzar a amar a otros de la misma manera.

Como bien lo expresó el puritano Thomas Manton: “El amor es como un eco: devuelve lo que recibe.” — Thomas Manton, A Puritan Golden Treasury, p. 175.

Conclusión: Volver a la Fuente del Amor

Vivimos en una era que habla mucho de amor, pero que no ama. En nombre del amor propio, hemos perdido el amor fraternal. En la búsqueda de plenitud personal, hemos dejado de entregarnos por otros. Nos cuesta amar bien porque estamos desconectados de la única Fuente capaz de darnos un amor verdadero: Dios mismo.

La buena noticia es que aún hoy, ese amor sigue disponible. El mismo Cristo que dio su vida por pecadores —por enemigos— sigue extendiendo sus brazos con compasión. Su amor no solo nos salva, nos transforma. Y cuando nos rendimos a Él, cuando lo conocemos de verdad, ese amor comienza a fluir hacia los demás.

El mundo necesita ver este tipo de amor. No el que exige, sino el que sirve. No el que se protege, sino el que se entrega. Un amor que no nace de nosotros, sino que proviene de un corazón redimido por Jesús.

Que nuestro clamor no sea simplemente “quiero ser amado”, sino “Señor, enséñame a amar como Tú”. Porque cuando hemos sido llenos del amor de Cristo, amar a otros ya no es una carga, sino un fruto natural.

Y ese amor, por radical que parezca, es la señal de que verdaderamente le pertenecemos a Él:

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.” (Juan 13:35)

Ultimos artículos

Noviazgo cristiano: principios bíblicos para vivirlo sabiamente

Desde que era niña, soñaba con el día en que conocería al amor de mi vida. Me imaginaba la escena perfecta, como en esas

¿Una triste navidad?

Es curioso como una de las temporadas que causan mayor gozo y expectativa puede llegar a ser grandemente dolorosa. Las vísperas navideñas pueden recordarnos

Los caminos amargos de la amistad

Ciertamente una buena amiga es un regalo de la gracia de Dios a nuestra vida. Uno de los motivos que me hacen sentir más

La Sumisión: Autoridad Pastoral

Seguramente conoces alguna historia de terror en torno a los abusos de poder de líderes espirituales. Tan solo Netflix está lleno de series sobre